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las maneras de ser güevón: 2) esconder la maricada


13 años. Pelo decolorado. En medio de una conversación con una compañera a las 6.30 a.m. antes de entrar al colegio. Ella nota que tengo el pelo rojizo: "¿Usted se pintó el pelo?". Se ríe, me señala y le dice a otros que estaban cerca: "¡Se pintó el pelo!" Sigue señalando y riéndose. A los pocos segundos ya medio curso estaba rodeándonos y mirándome. Lo que siguió de ahí en adelante fueron tres meses de burlas en el colegio, grandes sermones en mi casa (¡quién me había metido en la cabeza que un hombre hacía eso!), estar escondiendo mi cabeza de mi numerosa familia (para que no vieran la desvergüenza cometida) y explicaciones bobas de mi parte ("usé sin saber un shampoo que decolora el pelo").

No lo había hecho ni por accidente ni por rebelarme ante la sociedad machista nortesantandereana. Simplemente me gustaba la idea de tener el pelo claro y queriendo apenas aclararlo un poco, terminé con el pelo rojo. Y eso solo, cambiar un color, me sirvió para ser señalado. La pasé muy mal, pero nunca fui crítico con la vergüenza que sentía. ¿Por qué señalaban? ¿Por qué me sentía mal?

Quizá lo que realmente debí preguntarles a los señaladores del pelo rojo, a mis padres y a mí mismo fue: "¿Cuál es el puto problema?" Estoy seguro de que ninguno de nosotros hubiese tenido buenas respuestas, sobre todo porque (obviamente) decolorarse el pelo no es un problema. Lo que sí es problemático es aceptar que nos señalen por ser distintos, cambiar o esconder algo para evitar esos mecanismos represivos. Y yo lo acepté.

Yo acepté que lo que había hecho estaba mal, y que estaba mal cualquier rasgo femenino en mi carácter, y que estaba mal ser marica. Desde ahí fui mi mejor señalador: ese gusto no, esa amistad no. Por supuesto, para ayudar a auto-reprimirse uno puede acudir a la religión y al Señalador con mayúscula. Yo lo hice. Pero eso es tema para otro post.

De lo que quiero hablar ahora es de cómo cuando uno se decide a esconder la maricada, termina siendo algo así como su peor enemigo. Es algo semejante a despreciar el propio color de piel: cuando uno desprecia cosas como la propia sexualidad se desprecia a sí mismo, y como la sexualidad de algún modo nos acompaña en todo lo que hacemos, en cada pequeño gesto, ese desprecio termina por ser un desprecio de nosotros mismos constante, implacable. Estoy casi seguro de que no hay vida feliz para el que esconde la maricada.

Han sido muchos años siendo el peor de los jueces y/o policías para mí mismo. En ese tiempo también he señalado a otros. Ahora espero aprender de mis errores y no volver a seguir comportamientos sociales automáticamente, sin pensarlos antes. Señalar al distinto, hacerle objeto de burlas, buscar suprimirlo son comportamientos que salen como instintivos en las sociedades más conservadoras. Lo señalado al cabo no es el problema: cambiar un color, ser afeminado, ser homosexual, ser marica. El problema es creer que esos mecanismos de represión están justificados porque toda la familia lo señala, porque la sociedad lo señala o porque alguna iglesia lo señala. Si se revisa un poco, se puede ver que en la mayoría de los casos no hay justificación.

Seguir de modo acrítico costumbres familiares, sociales o de las religiones es peligroso, bien sea para nuestra salud mental o por el riesgo de perder la posibilidad de ser felices aceptando lo que somos.

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